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Detrás del espejo

Detrás del espejo

Artículos de opinión a cargo de Juan Esteva de Sagrera, decano de la Facultad de Farmacia de Barcelona

«Juro por Apolo, médico, por Esculapio, Higía y Panacea, y pongo por testigos a todos los dioses y diosas, de que he de observar el siguiente juramento, que me obligo a cumplir en cuanto ofrezco, poniendo en tal empeño todas mis fuerzas y mi inteligencia.» Así comienza el famoso Juramento hipocrático que desde hace siglos juran los médicos al terminar sus estudios y que, últimamente, en algunas universidades, como la Universidad de Barcelona, juran también los farmacéuticos. Un texto muy actual, que obliga a la confidencialidad y al respeto de la dignidad del paciente, y al mismo tiempo muy antiguo, al hacer referencia a dioses muertos.

En opinión de Nietzsche, la Biblia solo tiene una frase valiosa, la que pronuncia Poncio Pilatos cuando Jesús se presenta ante él como el Dios de la Verdad. Pilatos le responde con una pregunta: «¿qué es la verdad?», renuncia a entrar en el debate sobre qué cosa sea la Verdad, se lava las manos, y entrega a quien se proclama Hijo de Dios y de la Verdad a los judíos, que también dicen saber qué es la verdad y la divinidad, para que entre ellos diriman un asunto del que él se desentiende.

Durante la Edad Media, la representación del cuerpo humano desnudo se limita a escenas religiosas: los martirios de los santos, el cuerpo de Jesucristo doliente en la cruz, los padecimientos del infierno, muchas veces con morbosa delectación. En cuanto al cuerpo femenino como reclamo erótico, está ausente, desaparecido. La época no se permite la floración de Venus que ilumina el Renacimiento y abre la puerta al desnudo femenino.
Recuerdo con añoranza las conversaciones que mantenía con mi padre sobre el progreso. Él era un firme partidario de que, a pesar de mis objeciones, el progreso existe y se acumula, de que el hombre evoluciona positivamente y de que, en el futuro, desaparecerán las guerras y los estados y existirá una especie de gobierno universal que instaurará la paz y la armonía. Yo le hablaba de los horrores del siglo xx, y ponía en duda sus optimistas predicciones.
La crisis económica que padece España, lejos de amainar, aumenta año tras año. Estamos ya en los inicios del sexto año de la gran recesión, sin que se atisbe una salida.
Tengo muchos amigos farmacéuticos que son firmes partidarios de la atención farmacéutica. Algunos trabajan o colaboran en la universidad, y todos coinciden en que la farmacia comunitaria precisa un cambio estructural, definir la carrera profesional y ofrecer una cartera de servicios que ponga el acento en la atención farmacéutica.
El denominado «milagro español» ha terminado. Su economía, puesta durante años como ejemplo, hace aguas por todas partes, e incluso la organización territorial del Estado está bajo sospecha.
Algunos hombres cambian su nombre por el de su madre, lo que suele presagiar una biografía turbulenta o, como en el caso de Odilon Redon (1840-1916), una obra inclasificable y peculiar.
En 1957, el psicólogo Richard I. Evans se desplazó a Zúrich para filmar una entrevista con un Jung bastante envejecido. Evans publicó en 1964 el libro Conversations with Carl Jung, que fue traducido al español y editado por Guadarrama en 1968. La filmación se extravió, y más tarde fue recuperada por el cineasta Salomón Shang, que restauró la película, finalmente estrenada en circuitos comerciales con un éxito de público escaso, como era de prever. Jung habla sobre los orígenes de su ruptura con Freud, que planteó la libido en términos exclusivamente sexuales. Jung terminó desarrollando una visión en las antípodas de Freud, y formuló una visión energética e incluso espiritualista de la libido. En sus manos, el inconsciente pasa de ser un sumidero sexual a un reservorio de los símbolos, los arquetipos, los mitos, los sueños y las religiones de la Humanidad, es decir, de su espiritualidad.

En la entrevista, Jung relativiza la importancia de la represión sexual. En su opinión, las tribus primitivas llevaban una vida sexual nada reprimida. Sus deseos sexuales podían considerarse satisfechos, pues esos hombres y mujeres lo eran todo menos moralistas. El problema central de esas sociedades no era el sexo y su represión y sublimación, sino la comida. Más importante que copular, e incluso que reproducirse –lo que les resultaba relativamente fácil–, era comer, encontrar comida para toda la tribu. La sociedad actual tiene tal exceso de alimentos que no puede imaginarse la realidad de esos pueblos obligados a esfuerzos inmensos para conseguir la comida que les proporcionase la supervivencia. Antes de que el hombre se hiciese sedentario y agrícola, dependía de la caza y de la recolección de vegetales con valor alimentario, y casi toda su vida se dedicaba a conseguir los alimentos para no morir de inanición y a dar gracias a los dioses y a la naturaleza para asegurarse otra cosecha y éxito en la caza. Es curioso, sin embargo, que no se haya dedicado a la alimentación, al deseo de comer, incluso a la «represión alimentaria», la importancia que tiene.

Todo el mundo anda dándole vueltas a la sexualidad, pero la realidad es que ese instinto, con ser importante, palidece ante el afán y el placer que produce la comida. Todos los ritos sociales giran en torno a la comida y la bebida, no en torno al sexo, y reunirse y salir equivale a comer y beber, y nadie concibe una cita sin que en ella se incluya una comida, una copa o una cena. Incluso el ritual amoroso pasa necesariamente por una cena de seducción. Hay quien sostiene que la hembra se unió al macho y aceptó el papel relevante de este precisamente porque él suministraba los alimentos necesarios para ella y sus crías, y dejar de hacerlo supone, todavía hoy día, causa de ruptura de la pareja. Una cena agradable une más que cualquier otra cosa, mientras que muy pocas personas considerarían que una orgía es el mejor camino para establecer unas relaciones duraderas, del tipo que sean. Incluso el placer que deriva de la comida supera en la mayoría de las personas al que obtienen mediante las relaciones sexuales, muchas veces plagadas de obstáculos y sinsabores.

La sociedad actual ha inhibido compartir todos los instintos, menos uno, comer. Es de mal gusto ver dormir, orinar, defecar o copular a los demás, mientras que todos nos reunimos para compartir el único instinto totalmente socializado: comer, es decir, celebrar que estamos vivos, que tenemos comida y no moriremos de hambre, nuestra forma diaria de comulgar.

El azar hizo que el pasado mes de enero leyese dos libros dedicados a las relaciones entre las drogas y los fenómenos espirituales. El primero es El mundo bajo los párpados, de Jacobo Siruela, tan exquisito y aristocrático como su autor, del que no sé si me sorprende más su erudición o su ortodoxia junguiana, después de los muchos años transcurridos desde que Jung formulase sus teorías sobre el inconsciente y sus relaciones con el espíritu. El segundo es El camino a Eleusis, de Wasson, Hofmann y Ruck, que se propone ofrecer una solución al enigma de los misterios eleusinos.
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