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Powerpoint y Shakespeare

El pasado mes de abril di una conferencia en la Real Academia Nacional de Madrid sobre los valores y garantías de los medicamentos, organizada por la Fundación Ciencias de la Salud. Acepté encantado y honrado el encargo y elaboré el típico powerpoint con múltiples ilustraciones. Al repasarlo, cambié de opinión y opté por una presentación al modo clásico, en el que me formé, anterior a la informática, cuando los ponentes escribíamos un texto y muchas veces lo leíamos en público, cuando nuestro trabajo consistía en elaborar un discurso conceptual en el que lo importante eran las ideas, su originalidad, orden y estructura, el estilo e, incluso, la dicción y la oratoria, todo ello ahora sustituido por una presentación audiovisual amena y atractiva, que desemboca inevitablemente en la ligereza, pero que es grata de escuchar sin prestar demasiada atención, que parece es de lo que se trata.

Me pregunto por qué los ponentes y los profesores de universidad hemos cambiado nuestra metodología y aceptado sin apenas resistencia la moda de los powerpoints y me respondo que quizá lo hemos hecho porque así lo han decidido los nefastos pedagogos que marcan las líneas directrices de las políticas de lo que se denomina, vaya usted a saber por qué, innovación docente en las universidades y que son los encargados de evaluar nuestra productividad. Y, sin embargo, un cuarteto de cuerda sigue siendo un cuarteto de cuerda y lo que importa es su ejecución y el virtuosismo de los músicos. Nadie ha renunciado de forma tan rotunda a la profundidad en beneficio de la ligereza. Un ensayista sigue escribiendo ensayos y no entrega a su editor presentaciones y diapositivas. La novela, tantas veces dada por muerta y enterrada, sigue siendo lo que siempre ha sido, una historia con protagonistas, acontecimientos, estudio psicológico de los personajes, descripciones, y sigue utilizando la palabra y el estilo, no ha derivado en esquemas, gráficas, imágenes y resúmenes.
Llevado por la nostalgia propia de mi edad, puede que con cierta melancolía, me dije que iba a dejar aparcada mi presentación y escribir, e incluso leer, mi texto, en el que intentaría, lo mejor que pudiese, utilizar la palabra, no la imagen y los esquemas y resúmenes. Así que leí un texto que parece fue del agrado de los asistentes, entre ellos gran cantidad de alumnos de la Facultad de Farmacia de la Complutense.
Mis educadores, bastante inoperantes, me enseñaron que un trabajo debe terminarse con la cita de un clásico. Pude haber utilizado a Shakespeare: «La vida es una sombra... Una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa», o la frase que pone final a la ópera Falstaff, la última obra de Verdi, que tiene por protagonista a uno de los personajes más populares, simpáticos y vitales de Shakespeare, el glotón, lujurioso y bebedor Falstaff. Tras verse burlado por las mujeres que intenta cortejar, Falstaff se une al coro final con el que Verdi concluye su obra y canta «Todo en el mundo es burla; todos burlamos y todos somos burlados». Me contuve y terminé con la frase final de mi discurso, por lo que pido públicamente perdón a Shakespeare.

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Juan Esteva de Sagrera

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