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Arte borrado, música silenciosa

Aristóteles decía que la naturaleza tiene horror al vacío, un concepto que fue ridiculizado por Blas Pascal cuando preguntó irónicamente: «¿Y lo aborrece más en París que en Chamonix?». El arte de siglos pasados compartió ese horror vacui y atiborró lienzos y edificios sin dejar ni un espacio libre de decoración.

El barroco, el rococó y el modernismo catalán son los ejemplos más representativos de esa negación del espacio libre, vacío, que en cambio es una de las señas de identidad de la arquitectura contemporánea, que desarrolla espacios lineales, cúbicos y diáfanos. La tendencia ha llegado a los hogares, y los pisos de antaño, recargados de cuadros, objetos de adorno, alfombras, cortinas y pasillos, son hoy espacios abiertos, sin obstáculos y con las paredes blancas sin cuadros ni espejos.

El ucraniano Malévich expuso en 1918, con gran escándalo, su cuadro Cuadrado blanco sobre fondo blanco: el primer lienzo vacío de la historia. El segundo será Cuadrado negro, del mismo autor, un lienzo monocromo pintado de negro en su totalidad. Malévich ha tenido muchos imitadores, como Albers o Ad Reinhardt, expresionistas abstractos monocromos. Reinhardt, por ejemplo, pintó docenas de cuadros negros en los que, si uno se esforzaba mucho, observaba que estaban formados por multitud de tonalidades oscuras que se superponían. La comodidad se unía a la vanguardia: el artista aparecía como revolucionario cultivando una de las leyes con más partidarios: la del mínimo esfuerzo. El minimalismo estaba en marcha. ¿Por qué escribir una sinfonía si puedo hacer una partitura combinando cuatro notas en una serie? ¿Por qué esculpir una escultura si puedo vaciarla?

Robert Rauschenberg (1925-2008) alcanzó la celebridad con sus White paintings (1951), una serie de pinturas blancas, y sostuvo, para dar justificación teórica a sus cuadros, que «un lienzo vacío ya está lleno». Las obras eran monocromas, a veces divididas en varios rectángulos o cuadrados. Rauschenberg quiso ir más allá y le propuso a Willem de Kooning que le diese uno de sus dibujos para poder borrarlo. De Kooning aceptó, y Rauschenberg tardó un mes en borrar por completo la obra, consumiendo en ello 40 gomas. Acabado el borrado, Rauschenberg le pidió a su amigo, el célebre Jasper Johns, que se había hecho famoso pintando la bandera americana en una sucesión de cuadros prácticamente idénticos, que le diseñara un cartel en el que pusiera el título de la obra cumbre del minimalismo: «Dibujo de De Kooning borrado, 1953». No faltaron los detractores de esta obra, a los que Rauschenberg, cuando le decían que no era arte, replicaba que era poesía.

El músico John Cage, amigo de Rauschenberg, se entusiasmó con sus White paintings y decidió trasladar sus principios a la música. El 29 de agosto de 1952, en Nueva York, el pianista David Tudor protagonizó el concierto más insólito y desconcertante de la historia de la música: la controvertida pieza silenciosa 4’33”. Permaneció en silencio y sin hacer nada más que cerrar y abrir la tapa del piano para indicar el final de cada movimiento, que en total suman los cuatro minutos y treinta y tres segundos que dan título a la obra, la única pieza del repertorio musical en la que no se toca una sola nota. 4’33” se interpreta poco, muy poco, probablemente porque poca gente pagaría por escuchar su silenciosa partitura una vez que está al corriente de qué se trata. Aun así, está en todas las historias de la música como el ejemplo más representativo del vaciado del arte conceptual, empeñado en llevarle la contraria a Aristóteles. El artista conceptual tiene horror a lo lleno y le encanta el vacío.

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