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Giacometti y Antonio López: manzanas y membrillos

«El hombre ha vivido siempre de forma muy aperreada y muy injusta.» Quien así habla es Antonio López, el pintor manchego, entrevistado en El Mundo el 1 de marzo de 2019 con motivo del estreno de la película Apuntes del natural, de Nicolás Muñoz Avia. Pese a su discreción, es la segunda película que protagoniza López, tras el éxito de El sol del membrillo, de Víctor Erice.

Al margen del intelectualismo que pesa como una losa sobre el arte contemporáneo, ajeno a la pedantería de los críticos y a la frivolidad de los artistas de moda como Damien Hirst o Joseph Koons, López habla con la sencillez de la gente común: «En principio yo puedo hacer lo que me dé la gana, pero luego no lo hago». La libertad es hoy un requisito que se exige a todos los artistas, a quienes se obliga erróneamente a ser rupturistas, vanguardistas y originales. Antonio López no parece tenerlo tan claro: «La libertad es una obligación del artista que recuperó en el siglo XIX. Pero ni antes de la decisión de los impresionistas de apartarse de la realidad eran unos esclavos, ni después están libres de coacciones». Para él, si la pintura pretende ser pintura, tiene que ser un transmisor de emociones. Con esa sencilla reflexión se desmoronan buena parte de los artificios del arte contemporáneo y se mantiene a flote al arte de vanguardia que sea capaz de transmitir emociones, y no ideas. La exigencia de originalidad e incluso de genialidad abre las puertas a la creatividad, pero también a la mediocridad de lo más íntimo de la mayoría de las personas, sin que los artistas sean una excepción. Ciertas vulgaridades estarían mejor ocultas, el genio no abunda y, cuando existe, se abre paso incluso si trabaja por encargo. Quizá precisamente cuando trabaja por encargo, como Tiziano, Miguel Ángel o Caravaggio. El encargo es el antídoto contra uno de los grandes enemigos del arte: el narcisismo galopante.

Al finalizar la entrevista, el periodista le dice: «Me da la impresión de que es usted un poco fatalista». López responde: «El hombre da la dimensión que tiene. No puede dar más tampoco. Si te haces ilusiones, allá tú». Y rubrica: «Somos muchos. El hombre lo está haciendo peor porque tenemos los medios para vivir todos bien y lo hacemos al contrario».

Emociones y belleza, he ahí el escenario natural del arte. No necesariamente las emociones políticamente correctas y que superan la censura de la moralidad bien pensante, y tampoco sólo el modelo de belleza de Raphael o Ingres, pero sí la capacidad de deslumbrar y ampliar horizontes, de superar cuanto de vulgar nos rodea, de diagnosticar sobre una época con la ayuda de unos pinceles. Los cuadros de Rothko, Pollock y Bacon son bellos, pero su belleza no es la de las academias, sino la de las profundidades y el abismo.

¿Es López un pintor realista? Seguramente no, porque sus cuadros modifican la realidad, la embellecen, la convierten en arte. Como dijo Giacometti: «Podemos pensar que el realismo consiste en copiar un vaso tal como está sobre la mesa. En realidad, nunca copiamos más que la visión que queda de él en cada instante, la imagen que se vuelve consciente. Nunca copiamos el vaso sobre la mesa, sino el residuo de una visión. Mis pinturas son copias no logradas de la realidad». En caso contrario, el artista sería su antítesis, un simple copista, lo que nunca es Antonio López.

Giacometti aconsejó en 1937 a un joven artista que se pusiese a copiar manzanas a sabiendas de que sería considerado un reaccionario, porque hay un proceso de devaluación de la realidad. Qué buen consejo: pintar manzanas como Cézanne o el mismo Giacometti. O membrillos, como Antonio López.

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