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La última mesa

Hay un dicho italiano que reza lo siguiente: «O si cambia, o tutto si ripete» y cuya traducción, por obvia, no es necesario poner aquí. Pues bien, se ha acabado 2020, el año maldito, el año de las mascarillas y la ausencia de abrazos, de las polémicas estériles, de los golpes en el pecho, de los aplausos y los reproches. El año del que decían que íbamos a salir mejores (tierna inocencia). El año que cambiaría nuestra forma de ser y actuar (¿en serio?). Y llegamos, por fin, al año de la ansiada vacuna y, ojalá, de la lenta vuelta a una cierta normalidad (nueva o vieja, da igual).

No voy a repetir aquí tantas y tantas cosas que se han dicho sobre el importante papel de nuestra profesión este último año, sobre qué hubiera sucedido sin el excelente trabajo de nuestros compañeros hospitalarios, de atención primaria o de análisis cínicos, qué atención sanitaria hubiera existido (sobre todo en nuestra España rural) si nuestra cruz se hubiese apagado o si nuestros colegas de la distribución no hubiesen realizado un trabajo impecable. Y eso por no señalar que (una vez más) se ha demostrado que la industria farmacéutica no es la mala de la película, sino una pata fundamental de nuestro estado del bienestar. Y no voy a repetir todo eso, aunque creo que ya lo he hecho, porque siempre he pensado que la autocomplacencia es el mayor enemigo del avance y de la evolución.

Seamos sinceros: después de tanto esfuerzo, de tanto sacrificio, de tantas lágrimas y de tantos compañeros que se han dejado literalmente la vida durante la presente pandemia, ¿qué nos ha dejado todo esto? ¿Nos conformamos con un agradecimiento mendigado a tal o cual famoso? ¿Nos basta con unas palmaditas en la espalda de esta o aquella Administración? ¿Vamos a querer aprovechar esta situación únicamente para reclamar acciones que no nos son específicamente propias mientras obviamos que es esencial, como los expertos en el medicamento que somos, exigir un mayor papel en lo que se refiere a prescripción o modificación de tratamientos? ¿No vamos a profundizar en lo que se ha demostrado que es una de nues-tras mayores fortalezas (más allá de la sanitaria) como es nuestro carácter social y asistencial? ¿De verdad vamos a ofrecernos para casi cualquier cosa sin pedir primero una mayor integración en nuestro sistema de salud?

No. Cuando la Administración, algún medio de comunicación o alguna institución no nos han considerado sanitarios (y ¡claro que lo somos!) no es porque nos tengan manía o nos quieran faltar al respeto, ése sería un pensamiento demasiado infantil. Tenemos todos la imperiosa necesidad de hacer un examen de conciencia y reconocer las causas por las que, más allá de nuestra profesión o entorno, ha primado la visión «comercial» de nuestra labor sobre la sanitaria. ¿Qué hemos hecho mal para que nuestro trabajo no sea adecuadamente reconocido?

Como ya sabéis, hace bien poco el Consejo General ha creado la Mesa de la Profesión Farmacéutica, idea que aplaudimos y de la que esperamos se convierta en un foro donde discutir todos estos temas en libertad entre todas las partes de nuestra rica profesión.

Sé que estas palabras pueden sonar «rudas» y puede que alguien se atragante con el penúltimo polvorón, pero no es ésa mi intención. Soy un auténtico enamorado de la Farmacia (en mayúsculas), un absoluto creyente del enorme talento y conocimiento de la inmensa mayoría de nuestros compañeros, y un convencido de que nuestra función es crucial para el paciente. Pero es ahora o nunca, es momento de ponerse el mono de trabajo y pelear porque nuestra magnífica profesión dé un paso adelante y reclame lo que es suyo por derecho y capacidad. Si no es así… todo se repetirá.

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Jaime Espolita

Presidente de la Sociedad Española de Farmacia Rural (SEFAR)

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