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Derribemos mitos

  • 09 Junio 2011
  • Marisol Donis
El 2011 ha sido declarado Año Internacional de las Mujeres Científicas y coincide con el centenario del Premio Nobel de Química otorgado a Marie Curie, quien consiguió esa distinción en dos campos diferentes: Física en 1903 y Química en 1911. Como ella, mujeres alcanzaron cotas impensables a pesar de las barreras que impedían su acceso a la investigación científica y en contra de la opinión, a lo largo de la historia, de hombres notables e ilustres:

«Si por casualidad alguna mujer quisiese ser tomada por sabia, no conseguiría sino ser doblemente necia al modo de aquel que, pese a Minerva, se empeñase en hacer entrar a un buey en la palestra. Conforme al proverbio griego "aunque la mona se vista de púrpura, mona se queda" así la mujer será siempre mujer, es decir, estúpida sea cual fuere el disfraz que adopte» (Erasmo de Rotterdam).

Gregorio Marañón en su obra Los estados intersexuales en la especie humana, publicada en enero de 1929, habla de una mujer considerada como tipo hipoevolucionado detenido en un estado intermedio entre el adolescente, del que es un paso más, y el varón, del que es un paso menos. Años antes, este mismo autor, uno de los hombres más destacados de la ciencia española del siglo XX, en su obra de 1926 Sexo, trabajo y deporte escribía: «La mujer no tiene tiempo, si es como debe ser, fecunda y multípara durante los mejores años de su vida, para otra cosa importante que para gestar y criar hijos; sino que, además, su organismo no tiene, en condiciones habituales, aptitud para la lucha con el medio lo que podemos llamar, actuación social».

El dramaturgo y Premio Nobel de Literatura, Jacinto Benavente, rechazó dar una conferencia ante un grupo de mujeres intelectuales, porque él no hablaba «ni a tontas ni a locas».

Pese a todo, las mujeres han destacado por su intelecto en todas las épocas, como la alemana Hildegard von Bingen (1098-1179), abadesa del monasterio de San Ruperto, considerada la fundadora de las Ciencias Naturales, que redactó un libro de recetas explicando los beneficios para la salud de una alimentación adecuada ¡en esos años! Sin olvidarnos de nuestras pioneras: la primera farmacéutica de Andalucía Gertrudis Martínez Otero, que cursó con éxito los estudios en la Facultad de Farmacia de Granada donde consiguió la licenciatura en 1898. Marina Rodríguez, quien lograría el Grado de Licenciado en Farmacia en 1900; Elvira Moragas, a quien se le expidió el mismo título en 1905. La andaluza Isabel Ovín, primera mujer que se licenció en Ciencias Químicas en España en 1917.

Llama la atención el caso de las catalanas Maria Elena Maseras (1853-1900) licenciada en Medicina en 1882 pese a terminar sus estudios en 1878, porque durante tres años las autoridades se negaron a conceder el título a una mujer. Decepcionada, no quiso prepararse para el doctorado. Su paisana Dolors Aleu Riera (1857-1913) pasó por el mismo calvario, solo que con resultados diferentes al conseguir el ansiado doctorado, convirtiéndose en la primera doctora en Medicina en España. De ella son estas palabras: «Con todo y habernos negado la instrucción, con todo y existir tantas preocupaciones sociales, con todo y haberse cubierto con la máscara del ridículo a la pobre que con esfuerzos sobrehumanos se acerca a las fuentes de la ciencia, la historia nos presenta muchísimos ejemplos de que la mujer ha brillado en todas las ramas del saber».

No contradecimos a Gregorio Marañón en que la mujer gesta y cría hijos, pero lo compagina con el ejercicio de su labor profesional en todos los campos, no solo en el científico, y pueden llegar a presidir una Real Academia de Farmacia, o dirigir un centro penitenciario, o llevar con mano firme un ministerio. Y no somos un bien mueble, ni necias, estúpidas, hipoevolucionadas, ni tontas ni locas.

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Marisol Donis

(de AEFLA). Farmacéutica, criminóloga y escritora. Premio AEFLA de Patrimonio Histórico

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