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Bebés de diseño, hijos de tres padres

  • 13 Julio 2015

En el Reino Unido se aprobó a principios de año la denominada «reproducción mitocondrial» o «reemplazo mi­tocon­drial», que utiliza un óvulo con mitocondrias sanas, provenientes de una donante distinta de la madre, a la que se le extraería el núcleo para sustituirlo por el óvulo fecundado de los padres naturales, naciendo un nuevo ser que poseería un 99,8% de ADN de éstos y un 0,2% de la mujer donante.

Mediante este procedimiento se pretende borrar en el laboratorio una herencia genética defectuosa ligada a la madre, de tipo mitocondrial, que causa ceguera, ataxia cerebral y distrofia muscular, entre otras patologías que por otro lado son poco frecuentes.
En 1996 la famosa oveja Dolly fue el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta de la glándula mamaria fundida con un óvulo anucleado y el procedimiento para esta operación es una variación de aquel otro, con los riesgos añadidos que comporta, agravados al ser realizados en seres humanos y con las profundas implicaciones derivadas de permitir la creación de un embrión humano a través del material genético de otros tres.
Por otro lado, este procedimiento no está suficientemente probado científicamente, pues en ningún otro país se admiten estos procedimientos y la comunidad internacional no está convencida ni de su seguridad ni de su eficacia. De hecho, en 2002 la Administración de Alimentación y Fármacos (FDA) estadounidense prohibió estos protocolos debido a cuestiones éticas y de seguridad.
Los obispos ingleses pidieron no dar un paso tan grave, instando a la tutela del embrión humano: «Hay serias objeciones éticas a estos procedimientos que conllevan la destrucción de embriones humanos».
En otro orden de cosas, asistimos a fenómenos insospechados hasta ahora y que parecen propios de ciencia-ficción, al seleccionar óvulos de mujeres jóvenes que por razones económicas y de trabajo, entre otras, no quieren quedarse embarazadas y que años más tarde, salvadas estas circunstancias, pueden concebir a su hijo, incluso menopáusicas o ancianas, como sucedió en 1994 cuando una mujer de 62 años tuvo un hijo gracias a un óvulo donado, que fue fecundado con el esperma de su esposo.
A todo esto hay que añadirle la descollante e imparable «farmacogenómica», que diseña los medicamentos a la carta, lo que convierte estos tiempos en subyugantes desde el punto de vista científico, y en polémicos desde el punto de vista moral. Estas épocas de cambio son a mi juicio cambios de época.
También mujeres a las que se les diagnostican cánceres y otras enfermedades graves, y que gracias a la congelación de los embriones pueden retomar el proceso reproductivo una vez curadas. Otro problema que está encima de la mesa es el referente a las madres con útero de alquiler, como el caso de Kim Cotton en Inglaterra en 1985, madre de dos hijos, que firmó un contrato de subrogación de maternidad para llevar a cabo la gestación de un óvulo de otra mujer previamente fertilizado e implantado mediante la técnica de transferencia de embriones.
Es cierto, como afirmaba el boticario D. Hilarión en La verbena de la Paloma, que «hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad», pero llegado a este punto, se le ha de permitir al que suscribe la inquietud y la tristeza como animales de compañía en estos nuevos tiempos, en esta nueva etapa que ya ha comenzado.

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