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Semana Santa: «in vitro» o «in vivo»

  • 09 Mayo 2011
  • Manuel Pérez Fernández
Constantemente tomamos decisiones sobre temas que afectan a nuestras vidas, pero solemos dedicar poco tiempo a reflexionar sobre nosotros mismos, sobre el futuro o el sentido de nuestra presencia en el mundo. Entre el trabajo diario, las obligaciones reales y las que nos inventamos, los ratos de ocio o de relax, las aficiones –el que las tenga o pueda disfrutarlas– y el que pasamos durmiendo, nuestro tiempo se va consumiendo, y la arena del reloj que tenemos asignado va gastándose poco a poco. Dedicamos la mayor parte de nuestro esfuerzo en sacar adelante a nuestras familias, pero ¿basta con eso?, ¿hacemos lo suficiente por los demás?, ¿somos solidarios?, ¿para qué vinimos al mundo y cuál es nuestra misión aquí?

Para mí, que siempre he sido una persona normal (ni fui estudiante brillante, ni destaqué en ningún deporte, ni soy siquiera un buen boticario), la solidaridad es una de las empresas más loables a que puede dedicar su tiempo el ser humano. Puede que piense así por las raíces cristianas de la formación recibida de mis mayores y por haber cursado el bachillerato en un colegio laico y tremendamente liberal. O quizá por el conjunto de ambas, la formación cristiana y la educación liberal, sin imposiciones de cruces ni espadas.

Según la tradición cristiana, que debería ser tenida en cuenta tanto por el creyente como por el que no lo es, el carnaval termina con la Cuaresma, un periodo especial de preparación que deberíamos aprovechar para volver a hacernos, y contestarnos, las preguntas anteriores. Para mí está claro: no hay nada más vacío, desde el punto de vista del ser racional, que la frivolidad de vivir siempre en carnaval.

El tiempo de Cuaresma, de preparación, culmina con la Semana Santa, fecha cumbre para el cristiano, aunque muchos puedan verla sólo como un periodo de vacaciones. Me gustaría invitarles a vivir estos días de manera diferente: in vivo, participando, si es su deseo, en lo que para la Humanidad suponen los hechos desencadenados tras la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret; o in vitro, sin participar en nada, desde la barrera, pero sin dejar escapar la oportunidad para analizar nuestro compromiso con la justicia social y nuestro comportamiento como seres humanos.

Hace algunos años, en 1998, tuve el honor de ser designado Pregonero de la Semana Santa de mi pueblo, la villa ducal de Osuna. Para mí, aquella invitación supuso un punto de inflexión; un antes y después. Había que estar a la altura de las circunstancias –posiblemente no la conozcan, pero Osuna es mucha Osuna–, e intenté prepararme para no defraudar las expectativas; leí a los grandes pensadores cristianos: San Francisco de Asís, Santa Catalina de Siena, San Juan Bosco, San Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, y otros, contrastando la grandeza de su magisterio con lo atrevida que resulta la ignorancia de quienes hablan de oído y cooperan, aborregados, con conductas irreflexivas que, en nombre de la libertad de expresión y la laicidad del Estado, coaccionan la libertad de los que no piensan como ellos.

Enseñanzas como: «De Dios hay que hablar con fe, del prójimo con caridad y de uno mismo con humildad»; «Sólo la verdad os hará libres»; «Nunca hay que decir no me toca, sino voy yo»; «Lee y conducirás, no leas y serás conducido»; «Enseñar y predicar más con los hechos que con las palabras»; «Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible, y de repente estarás haciendo lo imposible»... son todas ellas máximas útiles para cualquiera, máximas que rezuman sentido común y que nos invitan a mejorar como personas.

La Semana Santa ha cambiado mucho a lo largo del tiempo, pero no estamos ante el solsticio de primavera ni en el periodo vacacional entre el primer y el segundo trimestres, eufemismos empleados por mediocres intelectuales para ser diferentes y ganar notoriedad. Nos encontramos recordando la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret. Alguien que, según las Escrituras, pasó su corta vida curando, perdonando y ayudando a los demás.

Piénsenlo. Y, si les apetece, reflexionen sobre el papel que nos corresponde a cada uno en el momento que vivimos. Posiblemente encuentren que la solidaridad es una de las razones por las que merece la pena vivir alejado de la frivolidad perpetua del carnaval.

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Manuel Pérez Fernández

AEFLA. Presidente del R.I. Colegio de Farmacéuticos de Sevilla

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