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Sobre la peste negra

  • 29 Octubre 2013
  • Beatriz Aznar Laroque

Nacido para el dolor, así califica al siglo XIV la historiadora americana Bárbara Tuchman, que lo estudia y desmenuza en su estupenda obra Un espejo lejano.

Llega el siglo con hambrunas y pobreza, maldiciones del Temple al rey de Francia, Felipe IV el Hermoso, y al Papa Clemente V. En 1339 empieza la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, y en 1348 llega la gran tragedia, la Peste Negra, que se lleva por delante un tercio de la población europea, ya bastante debilitada y empobrecida por el clima y las desastrosas cosechas.
La astrología se respetaba como un oráculo, y los más sabios médicos y científicos deciden que la coincidencia de Saturno, Marte y Júpiter fue la causa de la epidemia.
Europa era un barrizal, la higiene reinaba por su ausencia, y la suciedad contribuyó a la expansión del mal. Era la peste bubónica.
Algunos físicos hispanomusulmanes describen la epidemia y aconsejan medidas inteligentes: aislar a los pacientes; hervir el agua; purificar el aire mediante el fuego permanente, o quemar hierbas e incienso. Pero, salvo en Italia y España, la ciencia árabe y judía estaba proscrita en Europa. Y los remedios fueron los de siempre; sangrías, laxantes y purgantes, sajar los bulbos y dietas inapropiadas que contribuían a debilitar más los organismos y aceleraban las defunciones.
Sin embargo, hubo su parte positiva entre tanto dolor. Se gestó un deseo de vivir. Un mirar la belleza y el trabajo de antes, de los clásicos. El Renacimiento.
Pero la Peste Negra no desapareció con el siglo XIV. Una y otra vez, en los siglos siguientes, descargó su fardo de desgracias sobre la Humanidad. Las epidemias siguieron asolando el mundo.
¿Cuál fue la causa? Aquí nos llega la confusión. Durante los últimos años, hemos manejado como verdad evangélica el nombre de Yersinia pestis o, anteriormente, el de Pasteurella pestis, bacteria que portaban pulgas y ratas. A finales del siglo XVIII, en 1890, un hombre inquieto, aventurero y enamorado investigador de epidemias, abandona el Instituto Pasteur, se enrola como médico en la marina y viaja hacia Asia siguiendo la línea Saigón-Manila. Es Alexandre Yersin. Tiene ya en su haber grandes logros, pues su vida es investigar. Explora regiones desconocidas en Vietnam e introduce, genial idea, el cultivo del caucho y del quino. En 1894, en una epidemia de peste, toma muestras de los enfermos e identifica el bacilo que ahora lleva su nombre.
Actualmente salen voces discrepantes, y como discrepantes y confusas las tratamos.
Un análisis de pulpa dental, tomada en un cementerio de la epidemia en Montpellier, da por buena la presencia de ADN de Yersinia pestis, y fue considerado fiable durante mucho tiempo; en la actualidad, sin embargo, resulta un hecho aislado y dudoso.
Científicos de la Universidad de Oxford nos aseguran que en 66 restos de fosas comunes de la época de la peste no hay ni rastro genético de Yersinia.
Desde la universidad de Liverpool nos hablan no del bacilo de Yersin, sino de un virus semejante al Ébola. Y así llegamos a otra teoría aún más complicada, la Peste Negra habría sido una combinación de pandemias donde cabría una forma de ántrax.
¿Con qué nos quedamos? No sé por qué me inclino a creer en el trabajo de Alexandre Yersin. Su trayectoria me inspira confianza.

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Beatriz Aznar Laroque

Miembro de AEFLA

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